Amaba su risa discreta y sus carcajadas exuberantes, sus rizos café siempre enmarañados y alegres que parecían nunca haber conocido el peine ni las tijeras, las escasas pecas que tenía en los bronceados hombros y como al despertar parecía haber comido dulces de canela. Con miradas nos comunicábamos mejor que con palabras, ambos éramos de cabello rizado y poseíamos el mismo sentido del humor tan sarcástico. Odiábamos hablar por teléfono, preferíamos mandarnos mensajes. Nunca llegamos a jugar pacíficamente a las cosquillas, se escuchaban las risas y gritos desde lejos y siempre uno de nosotros terminaba golpeado sin querer por la otra persona. Nos enojábamos continuamente y podíamos pasar horas sentados argumentando nuestros puntos de vista y tratando de convencer al otro que teníamos la razón. Nunca llegábamos a un punto medio y nunca llegábamos a convencer al otro, pero de cualquier manera ese enojo no nos duraba mucho. Lo que si nos duraba era ese amor que teníamos...